jueves, 19 de abril de 2012

HASTA QUE EL AMOR NOS SEPARE

Tengo 35 años y nunca me he enamorado. Rectifico. Nunca me había enamorado. Llevaba gran parte de mi vida pensando que no estaba hecha para el amor, para el romanticismo. Llevaba años pensado que tenía que aprender a vivir con ello, “no se puede tener éxito en todo” me repetía. He tenido éxito en el trabajo, con mis amistades; el amor parecía ser la parcela de mi vida que quedaría vacía.
Un martes de invierno lo conocí. Bajé a buscar café al bar de debajo de la oficina, realmente necesitaba cafeína para soportar el largo día que me esperaba. Estuve esperando más de diez minutos mi café, y sin saberlo, ese fue el tiempo que alguien tardó en fijarse en mí: se me cayeron todos los papeles de la carpeta al suelo y al agacharme derramé el té de la señora de al lado sobre su bolso. ¡Todo el bar se fijó en mí! Así es la vida: te pasas la mayor parte del tiempo intentando ser perfecta para gustar a los demás y se enamoran de ti cuando muestras al mundo tu versión más torpe.
Recuerdo que fue un día largo, agotador. Me descalcé y caminé sobre el frio suelo, de aquí para allá y de allá para aquí, esperando encontrar alivio a mis problemas en alguna de esas baldosas que tanto podrían contar sobre mí. “Lo acabo en casa, tranquila, con mi pijama y mi café” pensé. Recogí mis cosas y me fui.
- ¿Quién eres? – pregunté curiosa.
- ¿No me recuerdas? Nos hemos conocido hoy en el bar, justo después de que invitaras a la señora a otro té.
- Ahora no caigo… ¿cómo me has encontrado?
- No ha sido difícil. Entré en tu oficina preguntando por la chica pelirroja de la sonrisa infinita y me dieron información sobre ti. ¿Cómo te llamas?
- Ya lo sabes.
- Sí, pero déjame ser un caballero. Quiero que seas tú la que me lo cuentes todo sobre ti.
Hablamos durante horas sobre mí y mis pasiones, mis sueños y mis temores. Él me escuchaba y se reía, me transmitía paz y dulzura, aunque también hizo que sintiera deseo y un cosquilleo en el estómago totalmente nuevo para mí. Hacía que me olvidara de mi mundo, de mis problemas. ¡Eso era el amor! Pero también eran las 5 de la mañana. Me despedí con un beso apasionado y con una promesa de vernos lo antes posible… así que apagué el ordenador, subí las escaleras y me tumbé en la cama. “¿Qué hora es?” me preguntó mi marido. No pude ni contestarle. Solo pensaba en las palabras de Carlos, en su pasión y su energía positiva.
Y ahí estaba yo, despidiéndome del hombre que amó hasta la versión de mi misma más desastrosa, para acostarme al lado del hombre que solo amó mi versión más perfecta.

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