jueves, 8 de septiembre de 2011

-          ¿Por dónde andas?
-          Estoy con mi hermana en el centro, tomando un café.
-          ¿Te apetece que me acerque?
-          Hombre… la verdad es que preferiría estar a solas con ella.
-          ¿Porqué? ¿Teneis que hablar de algo en especial?
-          No, simplemente me apetece estar con ella a solas.
-          ¿No quieres que vaya?
-          No he dicho eso, pero hace tiempo que no nos veíamos y quiero estar con ella, y así nos contamos que tal todo últimamente.
-          Entonces, ¿molesto?
-          No molestas, pero preferiría verte un poco más tarde.
-          ¿Y si yo no puedo quedar más tarde?
-          Pues nos vemos en otro momento, no pasa nada. Mañana, por ejemplo.
-          ¿Siempre tienes que darme largas?
-          No te doy largas. Simplemente te digo que mejor que nos veamos en otro momento. Quiero disfrutar de mi hermana.
-          ¿Y porqué nunca quieres disfrutar de mi?
-          Si quiero, pero creo que es mejor que nos veamos mañana. Con más tiempo para charlar, para estar tranquilos…
-          ¿Y si mañana te surgen otros planes? ¿Me dejarás plantada?
-          No, no te dejaré plantada. Mañana tengo toda la tarde libre y quería dedicártela a ti.
-          ¿Y que tenías pensado que hiciéramos?
-          Pues no sé, quizás podríamos ir al cine o al teatro y después ir a tomar algo a ese abr del centro. Diego me ha dicho que mañana hay jazz en directo.
-          ¿A qué hora?
-          Pues no lo sé exactamente, pero supongo que alrededor de las 23h.
-          ¿Me pasas a buscar?
-          Claro. Sobre las 20h estoy en tu casa.
-          ¿Y seguro que hoy no podemos vernos ni aunque sea un ratito?
-          Ya te he dicho que no.
-          ¿Hasta que hora estaras con tu hermana?
-          Hasta que nos cansemos de criticarte.
-          ¿A mi? ¿Porqué?
-          Porque me estás quitando minutos de estar con ella…
-          Entonces, ¿cuelgo?
-          Mejor.

Está la típica insatisfecha que todo lo pregunta.  Yo soy de las que solo contesta  a las cinco primeras preguntas. Las demás ya me parecen puro vicio. O puro tocamiento de cojones.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

SILENCIO

Mientras acababa de recoger todo lo que le quedaba en el armario, se dio media vuelta para asegurarse de que todavía no se había despertado. Había llegado a hurtadillas a primera hora de la mañana y ni se había acercado al dormitorio por miedo a hacer demasiado ruido. No. Todo estaba en silencio, casi como si entre esas paredes nunca hubiera vivido nadie.
Se acercó a la cocina a ver si encontraba algo con lo que escribirle una nota. Una servilleta serviría. “Me voy. No aguanto más esta situación, creo que hace tiempo que deberíamos habernos sentado a hablar de todo lo que ha pasado. Aunque ahora ya es tarde. No me busques, necesito empezar una nueva vida sin ti.” Con esas palabras puso fin a una relación de más de 10 años. Ni una explicación más, ni una llamada, ni una lágrima derramada. Nada. Cogió su abrigo y se largó.
Ahora podría empezar a vivir.

Pasaron meses antes de que decidiera volver. Había estado viviendo aquí y allí, en casa de una y otra amiga, sin sitio fijo y con muchas dudas. Se había preguntado si había hecho bien al dejarlo de esa manera, sin decirle nada más… ¿Le habría llamado? ¿Habría intentado localizarla? Cuando se cambió el número de teléfono pensó que seria una buena idea, así no tendría que soportar llantos y llamadas de madrugada. Pero ahora, no tenia tan claro si hubiera recibido esas súplicas. Necesitaba súplicas. No las había tenido y necesitaba saber si él todavía pensaba en ella, si había sufrido mucho. Necesitaba escuchar que no había podido vivir desde que ella se marchó. Después ya pensaría si quería volver con él o no, pero tenia la necesidad de hacer la aparición estelar que él, seguramente, llevaba soñando durante estos último meses.
Llegó a la puerta de su antigua casa y llamó. Nada. Volvió a llamar. Silencio. Pensó que quizás debía abrir la puerta con la copia de llaves que guardó (solo por si acaso, claro está), pero, ¿Y si le había visto por la mirilla y no quería dejarla pasar? ¿Y si al salir de la ducha se había resbalado y con el golpe no podía levantarse del suelo? SI. Iba a entrar, era lo mejor que podía hacer. Así que mientras abría la puerta lentamente, iba diciendo con voz suave “¿Hola? ¿Marcos? He estado llamando y he supuesto que no me habrías escuchado, necesito que hablemos. ¿Marcos?”
Al no obtener respuesta se fue paseando por la casa, observando cada detalle, cada rincón donde había pasado tan buenos momentos. Se acercó a la ventana y contempló las montañas a lo lejos, esas que siempre miraba cuando estaba triste y necesitaba soñar con el gran viaje. Recorrió cada habitación, buscando algo que le diera una pista de cómo le había ido a Marcos últimamente. ¿Alguna señal de que había otra mujer viviendo por allí? Iria a mirarlo al dormitorio, a ver si encontraba alguna prenda de ropa sospechosa.
“Quizás todavía duerme y por eso no me ha escuchado” pensó. “¿Y si está durmiendo con alguien?” intentó evitar el último pensamiento y abrió al puerta del dormitorio lentamente, para no hacer ruido y despertarlo(s). Vacio. El dormitorio estaba vacio. Suspiró satisfecha. Almenos no había tenido que enfrentarse a una imagen desagradable. Se acercó a la cama, se estiró y al girar la cabeza para buscar la almohada…
“Sé que no es la mejor manera de decir adiós, pero no soporto ver como nuestro amor se va. Espero que puedas entenderme… Me voy un par de meses a ver a Jorge a Buenos Aires. Después Diós dirá. Espero que me llames en algún momento, sino es así, lo entenderé. Siempre tuyo, Marcos.”
Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio.

Silencio.

Cuando consiguió reaccionar, corrió hasta la cocina, y, efectivamente, ahí estaba su propia nota. En la misma posición, pero cubierta de polvo.
Habían pasado nueve meses desde el día que se fue. Que los dos se fueron. ¿Porqué no entraría en la habitación aquel día? Todo hubiera sido muy diferente si hubiera visto la nota antes de escribir la suya.
NO SE HUBIERA IDO. Con un abandono por hogar ya hay suficiente. Se hubiera convertido en la eterna despechada. Habría olvidado su deseo de escapar, su deseo de empezar de nuevo, de seguir adelante sin él, de probarse a sí misma, de recuperar su fe en el amor… habría dejado que el dolor del abandono la condicionara para siempre.
Menos mal.
Así que, dejó las llaves dentro de casa, sonrió por última vez a aquellas paredes y se fue cerrando con un portazo.

Entonces recordó que se habían enamorado porque creían que eran almas gemelas.