sábado, 21 de abril de 2012

LA SUMA DE ROJO Y AMARILLO NO ES NARANJA




Desde 1924, para ella, los años de su vida habían sido colores: recordaba las fechas por el color con los que los asociaba. Para ella, los colores eran historias, eran su camino. Rosa era el color del año que se casó, lila el color del nacimiento de su primer hijo... Un año, un color.

1984 fue un año de color amarillo. El 25 de enero tiñó lo que quedaba de año: iba a ser su color favorito. Y 1985, y 1986... con su nacimiento, todo empezó a ser siempre amarillo.

Desde 1988 hasta 1990 todos los días fueron rosas y amarillos: sus salidas a la playa, las primeras visitas del Ratoncito Pérez, sus primeros bailes, sus eternas risas.
El color verde fue el protagonista de 1991, ese año en el que tuvo que mudarse y ella la sentó en su falda para revelarle que todavía había esperanza. Verde... aunque también fue algo rosa y, sobretodo, muy amarillo.
Todos los meses de 1999 fueron de color azul, como el cielo que les daba cobijo y era testigo de cómo iban cambiando las cosas. Empezaba a ser la otra quien cuidaba de la una, esa una que ahora vivía mezclando colores. Amarillo, rosa, verde y azul. Esa una que ahora se dejaba cuidar por ella... 
A partir del nuevo milenio las horas y los minutos se volvieron también rojos. Para su cumpleaños ella pedía un pañuelo rojo, o un abrigo rojo... algo rojo que mostrara al mundo que aún era fuerte y apasionada, que aun estaba viva. Para la otra, ella siempre lo estaría: seria roja, amarilla, rosa, verde y azul. Estaría llena de color y viviría para siempre. Sería eterna.
Desde entonces hasta el año 2002, los años fueron de todos los colores. Naranjas eran sus tardes de sofá y de Marisol, lilas sus charlas sobre todo lo que se podía hacer antes con una peseta, blancas las noches frías que compartían en silencio, doradas las mañanas de lluvia que servían de excusa para quedarse en casa y regalarse nuevas historias que contar... grises los momentos en los que su mirada se perdía y no la reconocía.
Marrón fue el año en el que ella entró a vivir en una residencia. A pesar de la poca luz del 2006, sus visitas hacían que los mejores momentos del día fueran amarillos, incluso el color verde volvió a aparecer para recordarle que todavía había esperanza. Tendrían tanto verde como ellas quisieran. 
Y así, el 2007, el 2008 y el 2009 volvieron a ser amarillos, verdes, rosas, azules, naranjas, lilas, dorados y muy muy grises, pero no fueron marrones. No, ya no fueron marrones nunca más.
Con el 2010 llegó el color ámbar, ese que te sitúa entre varios colores pero hace que no puedas verlos. Solo ves el poder del ámbar y lo que significa. Solo ámbar. Ámbar. Ámbar... ámbar... hasta que todo fue negro.
Fue también un 25 de enero cuando llegó el negro, y con su llegada, todos los demás colores desaparecieron. Ella los buscaba entre los minutos de llanto y debajo de las horas de melancolía, pero no estaban. Todos habían desaparecido. Toda su vida dibujando sus días a todo color y ahora solo podía pintarrajearlos de negro y de dolor, que se convirtió en un nuevo color y que parecía el protagonista del 2012.
En abril llegó el momento de enfrentarse a sus 88 años no cumplidos y al regalo que nunca recibiría. Ya no hacía falta buscarle una pulsera fabulosa o algo rojo que regalarle. Se pasó la noche de antes llorando y recordándola, echándola de menos y agradeciéndole que hubiera invertido su vida en ella. 
Y de repente, entre el llanto y la melancolía volvieron a aparecer esos colores perdidos. Aparecieron con una explosión de recuerdos de sonrisas y de amor eterno. Su noche se tiñó de rosa, de azul, de naranja, de lila, de dorado y de verde esperanza, y sobretodo de rojo y de amarillo, de ellas dos en pura esencia. El 22 de abril se presentó frente a ella con un aura de arcoíris y una promesa: 

"A lo largo de nuestra historia juntas hemos compartido muchos momentos irrepetibles y una manera especial de querernos. Me has regalado cada minuto de tu vida y cada parte de tu corazón, pero lo mejor que me llevo de ti es un nuevo color con el que pintar mis días: tú. Tú eres esa mezcla perfecta entre el rojo y el verde, ese tono de azul brillante, el naranja más puro. Ese color que combina a la perfección con mi amarillo. Tú eres el color de mi vida"

Y a partir de ese momento, nunca más le volvieron a faltar los colores. Cada 25 de enero celebraba su día, el de las dos. El inicio de una y el final de la otra. Curiosa ecuación de la vida que tenía como resultado la unión eterna de éstas. La combinación perfecta de los elementos en todas sus formas y maneras, en todos sus años, sus días, sus momentos y sus colores. 

Ahora, su abuela era eterna.


jueves, 19 de abril de 2012

HASTA QUE EL AMOR NOS SEPARE

Tengo 35 años y nunca me he enamorado. Rectifico. Nunca me había enamorado. Llevaba gran parte de mi vida pensando que no estaba hecha para el amor, para el romanticismo. Llevaba años pensado que tenía que aprender a vivir con ello, “no se puede tener éxito en todo” me repetía. He tenido éxito en el trabajo, con mis amistades; el amor parecía ser la parcela de mi vida que quedaría vacía.
Un martes de invierno lo conocí. Bajé a buscar café al bar de debajo de la oficina, realmente necesitaba cafeína para soportar el largo día que me esperaba. Estuve esperando más de diez minutos mi café, y sin saberlo, ese fue el tiempo que alguien tardó en fijarse en mí: se me cayeron todos los papeles de la carpeta al suelo y al agacharme derramé el té de la señora de al lado sobre su bolso. ¡Todo el bar se fijó en mí! Así es la vida: te pasas la mayor parte del tiempo intentando ser perfecta para gustar a los demás y se enamoran de ti cuando muestras al mundo tu versión más torpe.
Recuerdo que fue un día largo, agotador. Me descalcé y caminé sobre el frio suelo, de aquí para allá y de allá para aquí, esperando encontrar alivio a mis problemas en alguna de esas baldosas que tanto podrían contar sobre mí. “Lo acabo en casa, tranquila, con mi pijama y mi café” pensé. Recogí mis cosas y me fui.
- ¿Quién eres? – pregunté curiosa.
- ¿No me recuerdas? Nos hemos conocido hoy en el bar, justo después de que invitaras a la señora a otro té.
- Ahora no caigo… ¿cómo me has encontrado?
- No ha sido difícil. Entré en tu oficina preguntando por la chica pelirroja de la sonrisa infinita y me dieron información sobre ti. ¿Cómo te llamas?
- Ya lo sabes.
- Sí, pero déjame ser un caballero. Quiero que seas tú la que me lo cuentes todo sobre ti.
Hablamos durante horas sobre mí y mis pasiones, mis sueños y mis temores. Él me escuchaba y se reía, me transmitía paz y dulzura, aunque también hizo que sintiera deseo y un cosquilleo en el estómago totalmente nuevo para mí. Hacía que me olvidara de mi mundo, de mis problemas. ¡Eso era el amor! Pero también eran las 5 de la mañana. Me despedí con un beso apasionado y con una promesa de vernos lo antes posible… así que apagué el ordenador, subí las escaleras y me tumbé en la cama. “¿Qué hora es?” me preguntó mi marido. No pude ni contestarle. Solo pensaba en las palabras de Carlos, en su pasión y su energía positiva.
Y ahí estaba yo, despidiéndome del hombre que amó hasta la versión de mi misma más desastrosa, para acostarme al lado del hombre que solo amó mi versión más perfecta.