Timo era el elefante más antiguo en el circo de Usuhaya. Hacía ya más de 10 años que prestaba sus servicios al exigente público, que le aplaudía y le aplaudía sin parar cuando lo veían aparecer, con ese tono de piel anaranjado, brillante. Precioso.
Su número era el más famoso de todo el show e incluso venían famílias de pueblos lejanos para verlo a él. Solo a él. Se sentía orgulloso de haberse convertido en la estrella del espectáculo, de eso no cabía duda, pero como era un elefante muy ambicioso, se había propuesto ofrecer al público un número todavía más espectacular: quería hacerse trapecista. Si. Lo había decidido mientras veía actuar a Elle, esa chica nueva tan maravillosa que siempre venía a hacerle caricias y darle besos mientras los demás bebían cerveza y bailaban al son de la música del tocadiscos. Timo soñaba con ser la pareja de Elle y así, convertirse en la pareja de moda del circo, dentro y fuera de la pista.
Así que empezó a practicar. Pensó que como nunca había estado más alejado del suelo que subido en un par de barriles, debía intentar subirse al muro que separaba la caravana del dueño del circo de la vía del tren. Primero se subió a un barril que encontró por ahí, para después subirse de un salto al muro. Una, dos y … al suelo! ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que no podía saltar? “Debe ser por el peso” pensó, así que decidió hacer régimen durante la semana siguiente, rebajar volumen y estar más ágil para seguir practicando.
Pasaron los días y Timo se iba debilitando. Ya no tenía ganas de actuar y el público le daba igual. No comía más que por la mañana, para aguantar la primera función, y después se alimentaba a base de agua. Pasaba hambre, eso no hay que negarlo, pero él estaba contento porque sabía que con esfuerzo y sacrificio conseguiría su sueño. Sería el trapecista más famoso del mundo, con la novia más preciosa que se pudiera desear.
Y así pasaron las semanas, los meses… pero lejos de adelgazar, Timo solo consiguió sentirse cada vez más débil, con menos fuerzas para practicar. Como ya no rendía en su número, el director del circo decidió sustituirlo por Asha, una nueva elefanta llegada de un circo norteño. Se la habían vendido barata porque el circo tenía que cerrar y en un par de semanas había aprendido más que cualquiera de los demás elefantes que ya tenías.
Asha se convirtió en la nueva estrella del circo. Todo el mundo la adoraba, vitoreaban su nombre cuando aparecía e incluso le traían regalos. ¡Regalos! A Timo ni siquiera se le acercaban ya. Ni Elle venía a la jaula a darle besos por la noches. Siempre la veía, a lo lejos, sentada en un árbol caído mirando al cielo. ¿Estaría triste por él? Hacía un par de días que había escuchado que estaba bastante enfermo, y que debía guardar reposo el máximo tiempo posible. Se lo escuchó a un médico venido de muy lejos (o eso había escuchado también) que pasó con él un día entero y miró todas las partes de su cuerpo. “Este animal no come, está muy enfermo”, concluyó al final del día. “No se enteran, no estoy enfermo, lo que me pasa es que estoy haciendo régimen para convertirme en el mejor trapecista que jamás haya existido” y se durmió soñando con el gran día de su estreno.
Una noche, Timo se despertó al escuchar un gran golpe. Y otro. Y otro. Y así hasta asustarse tanto como para salir de su jaula a trompicones y darse cuenta de que el circo estaba en llamas. Gritos, lloros, alaridos de dolor. Sus compañeros recogían todas sus pertenencias (o lo que quedaba de ellas) y corrían sin rumbo, huyendo de la catástrofe. Pero los animales, seguían ahí, en sus jaulas, contemplando el final. Durante unos segundos, Timo se quedó paralizado, sin saber que hacer, casi sin fuerzas para moverse. Solo reaccionó cuando algo lo embistió y le gritó: “O reaccionas y me ayudas a salvar a los demás, o te paratas para morir quemado, pero aquí en medio, estorbas”. Era Asha. Siempre tan oportuna. La odiaba, la odiaba con todas sus fuerzas… pero ahora debía dejar su odio a un lado y aliarse con ella para intentar salvar a los demás animales atrapados. ¿Pero como iba a hacerlo? No tenía fuerzas ni para sostenerse en pie. Asha le propuso que él fuera el que apagaba el fuego y abria paso a los que conseguían salir, mientras que ella iba destrozando las jaulas de los demás para que pudieran escapar. Era un buen plan, teniendo en cuenta el estado físico de Timo. Se acercó a los barriles para coger agua de ellos cuando vió a Elle, atrapada en su caravana sin poder salir. Y mientras intentaba ayudarla derribando cualquier acceso a ella o ranura por donde pudiera ofrecerle esperanza, vio como las llamas la consumían. No gritó. Ella solo se quedó mirándolo mientras las lágrimas le empapaban las mejillas.
Timo se sentó en la arena, rodeado de restos de lo que un día fue un gran circo y de las últimas llamas que arrasaban con cualquier sueño y esperanza. No puedo evitar pensar que por su culpa Elle ya no podría ser su pareja de trapecio… ¿Qué sentido tenía entonces seguir con ese sueño? ¿Qué importaba ya todo si el motivo principal, si la razón, si el motor de su vida y sus ilusiones ya no estaba?
Pasaron los días y Timo estuvo vagando por el bosque. Triste, decaído. No sabía que tenía que hacer ahora que ya no tenía un objetivo. ¿Se puede continuar viviendo sin una meta?
Una noche, mientras dormía, algo le sobresaltó. ¡Asha! ¿Siempre tienes que sobresaltarme así? Aunque en realidad se alegraba de verla. Alguien con quien compartir su soledad no le iria mal. Estuvieron charlando durante horas, recordando la noche del incendio, a sus compañeros perdidos. Recordando lo que estaban destinados a ser, grandes estrellas de circo, y ahora solo eran dos elefantes vagando por el bosque en busca de alguien con quien compartir sus anhelos.
- ¿Porqué dejaste de comer?
- Tenía un sueño. Pero ahora ya no importa.
- Claro que importa. Se ha quemado el circo, pero no tus ilusiones. Todavia puedes seguir luchando por tu sueño.
- Bueno…
- Cuentamelo.
- Necesitaba perder peso porque quería ser el mejor trapecista del mundo.
(silencio)
- Timo.
- ¿Si?
- ¿Tú sabes que eres un elefante, no?
- Claro.
- Los elefantes no pueden ser trapecistas.
- ¿Porqué?
- Porque solo pueden serlo las personas, o como mucho os monos. A lo que me refiero es a que no tienes las capacidades para ser trapecista, no tienes manos con las que agarrarte al trapecio, por no hablar de tu tamaño…
- Ah. Nunca nadie me había dicho qué cosas puedo hacer y qué no. Solo se acercaban a mi y me daban de comer, me enseñaban trucos nuevos. Solo eso. Yo me iba fijando en lo que me rodeaba y el trapecio es lo que más me llamaba la atención. No pensé que no estaba capacitado para ello. Simplemente quería hacerlo y empecé a intentarlo.
- Está muy bien que tengas sueños, que te fijes metas en tu vida y que quieras conseguir cosas grandes. Es más, tienes que ser así. No debes dejar nunca de creer que eres capaz de hacer todo lo que te propongas. Y aunque ahora esperes un “pero”, no lo hay. De hecho, te animo a que seas trapecista, a que persigas tu objetivo.
- Pero tienes razón. ¿Cómo voy a hacerlo si no tengo las aptitudes ni las capacidades correspondientes?
- Adapta el trapecio a ti. Tú no eres demasiado grande, el trapecio es demasiado pequeño. Tú no necesitas subirte a lo más alto, puedes hacer los trucos desde menos alturo. ¿Qué no tienes manos? Algo se te ocurrirá para solventar esa parte.
- Pero entonces no seré el mejor trapecista del mundo.
- No, pero serás el primero que se atrevió con lo más difícil. Serás alguien que no habrá tenido miedo, que no se habrá dejado coartar por sus limitaciones. Serás el primer elefante trapecista de la historia.
Y así, en contra de cualquier idea, no fue Timo quien aprendió una lección, sino todos nosotros, porque esta historia no va de lo que no podemos hacer, sino de todo aquello que podemos lograr si nos adaptamos a nuestra situación y nuestras capacidades. SI dejamos a un lado todo lo que la gente nos dice que no somos capaces de hacer.
Para Timo, el cielo era el techo.
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